El mundo que no será igual (o sí)

Es difícil encontrar algo qué decir en estas circunstancias sin que invada la certeza de que ya alguien habló de eso y, probablemente, lo expresó mucho mejor.

Que si hay que mantenerse positivo. Que hay que aceptar los sentimientos como vengan, buenos o malos. Que hay que aprovechar el tiempo, ya no hay excusas para no hacer lo que siempre pospusiste por no tener tiempo. Que hagas como te dé la gana y y no caigas en las garras del positivismo tóxico.

La variedad ha sido infinita. Yo he optado por alejarme (más) de las redes sociales porque… No sé, me funciona y ya, no teorizaré al respecto.

En mi caso, trabajo desde casa y el encierro por cuarentena me ha pegado en el mismo sentido en que me pegó el cambio a trabajar desde casa hace casi dos años por el poco contacto con otras personas que no sean mi esposo y nuestro perro (sí, el perro cuenta como una persona).

No me siento sola, ellos realmente son compañía insuperable, pero sí percibo que nuestro apartamento se ha vuelto una burbuja (una burbuja feliz de series, libros, juegos y comida deliciosa, pero burbuja al fin).

Pasé seis años trabajando en la misma oficina donde, por más que sufría la obligación horaria y la abundancia de reuniones que podían ser emails, saludaba a por lo menos una decena de personas queridas diariamente. El ambiente, en general, era de colaboración positiva. Amaba mi trabajo, aunque no siempre se me notara.

De esa manera, la sensación de aislamiento la tengo por inmigrante y por stay-home freelancer. La cuarentena solo la ha intensificado al no ver a amigos los fines de semana (tampoco tengo un millón) o simplemente lidiar con los otros millones de personas que viven en la Ciudad de México al salir a la calle.

Al final, aunque vayamos en el metrobús sin hablarnos, supongo que nos sentimos acompañados los unos con los otros. A veces demasiado acompañados, compartiendo accidentalmente sudores, música e incluso nudes y discusiones de pareja (¿no es a veces simplemente IMPOSIBLE no mirar la pantalla del teléfono de la persona sentada a dos centímetros de ti?).

¿Y cómo será el mundo a partir de ahora? Es la pregunta que nos aterra a la mayoría.

¿Será realmente una oportunidad de avanzar en una dirección más positiva? ¿Estos meses de confinamiento y ciudades paralizadas harán retroceder en algo la inminente crisis climática? ¿Habremos aprendido a valorar en su justa medida a nuestros afectos, nuestros privilegios, todo el trabajo que hay detrás de la comida que nos llevamos a la boca todos los días casi por inercia, el sacrificio de médicos y enfermeras que nos mantienen vivos?

¿O simplemente nuestra desesperación por recuperar alguna sensación de normalidad nos hará doblar la velocidad en las direcciones equivocadas?

Hace poco me enviaron un artículo donde se resumían unas declaraciones de Michel Houellebecq: Que el mundo será exactamente igual que antes, solo que un poco peor. Y, entre varios señalamientos como el de la discreción de la(s) muerte(s), destaca la tendencia masiva ya existente a prescindir del trato directo entre personas: la obsolescencia de las relaciones humanas.

Me considero una persona en general optimista, pero por alguna razón estas declaraciones me pegaron con la fuerza de presentirlas ciertas. No creo que el mundo vaya a cambiar curso.

A finales de marzo el New York Times publicó un artículo titulado “La interacción humana es un lujo en la era de las pantallas”. La pieza no es totalmente fatalista, da ejemplos que sirven como buenos contrapesos y resalta aplicaciones sumamente beneficiosas de la tecnología.

Pero, como dice el título, las interacciones personales directas —especialmente en el ámbito educativo— son, cada vez más, privilegios de (adivinen) quienes lo pueden pagar.

La tecnología ha permitido que, por ejemplo, millones de personas alrededor del mundo, sin acceso a educación formal o de calidad, puedan recurrir a cursos, tutoriales, y demás herramientas de formación que, en muchos casos, incluso les han permitido tener empleo o dedicarse a un oficio o profesión.

En ningún caso habría que demeritar las puertas que la tecnología ha abierto para tanta gente.

Pero, a la vez, también existe la brecha entre los que tienen una educación con profesores de calidad, personalizada, guiada y acompañada, y los que deben conformarse con escuchar un monólogo a través de una pantalla, sin mayor posibilidad de discutir en profundidad, contrastar o ser corregidos.

No lo critico. No hay espacio para eso. Es meramente una descripción y, de nuevo, no es opción eliminar la única herramienta, por defectuosa que sea, de los millones que dependen de ella para educarse.

¿Cómo logramos que la enorme mayoría de la población tenga acceso a una educación presencial, de calidad, en la que los profesores sean remunerados como su profesión lo merece, y los alumnos se encuentren motivados en un espacio donde pueden dialogar el conocimiento?

La pregunta que tiene siglos sin resolverse. Por el momento, ya es un esfuerzo titánico lograr que la tecnología trabaje para llevar educación —alguna educación— a rincones donde hasta la formación más básica es inalcanzable o inexistente.

Lo que me regresa al pronóstico de Houellebecq: la tendencia a trasladar la mayor cantidad de aspectos de nuestra vida al otro lado de una pantalla no hará sino acentuarse.

Las compras en línea, los delivery, los webinars, el teletrabajo. Ya las piezas están ahí.

No necesariamente es algo malo.

Pero malo sí sería, creo, que desapareciera esta sensación que tengo de extrañar la interacción con compañeros de trabajo, de fijarme en la gente que camina frente a mí en la calle, o solo el tratar de descifrar a qué se dedica el que trabaja firmemente concentrado frente a mí en el coworking.

Que en algún momento ya la falta de contacto nos deje de hacer falta.

O mala sería la obligación. El que ya no tengamos opción. Aunque me pregunto si, de igual manera, no estábamos encaminados hacia la desaparición de las tiendas físicas, de las oficinas con sede y obligaciones presenciales. Ya no hay manera de saberlo, no podremos ver cómo hubiera sido el mundo a partir del 2020 sin el COVID-19, aunque hubiese sido muy parecido. Todo quedó en el terreno de la hipótesis.

Si Houellebecq tiene razón, lo que considero que hará todo peor de lo esperado es la razón por la que continuaremos en el camino de la tecnificación y la despersonalización: no se trata de reducir costos, ser más eficientes o más prácticos, sino de temer por nuestra seguridad.

Y como quedó demostrado a partir del 11-S, el miedo nunca es buen consejero.

Photo on top by Sharosh Rajasekher on Unsplash

Publicado por Lorena González Di Totto

Escribo cosas. Nací en Caracas y vivo en Ciudad de México. No escribo bios en tercera persona.

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