Casas

Vista aérea de una intersección de calles en Ciudad de México

Mis últimos años en Caracas, mi vida básicamente transcurrió entre diez o doce cuadras. Una vez a la semana me aventuraba a atravesar de este a oeste para dar clases y aprovechaba de echar un largo y continuo vistazo a la evolución de la ciudad, más como quien ve una película que como quien la escribe. La autopista se convertía en el tubo neumático que transportaba la correspondencia —yo— desde la burbuja de mi casa de urbanización del este a la burbuja de la Universidad Católica. Un tránsito directo, de lugar seguro a lugar seguro, como una cuarentena autoimpuesta, un aislamiento voluntario de las partes de la ciudad que me convencí de que no me pertenecían.

Y aunque mis días transcurrían en la Pequeña Caracas de mis zonas de seguridad, hoy los recuerdo como jornadas amplias, extendidas en tiempo y espacio, con mis paseos perrunos desde Los Palos Grandes hasta Altamira como referentes de lo que era caminar, y bastante. Hoy, la pandemia hace de la colosal Ciudad de México una cápsula en la que da igual qué día o qué hora es. O, mejor dicho, en la que la única hora que importa es la madrugada, aquel paréntesis donde la noche ha penetrado lo suficiente como para que el puñado de calles que nos permitimos una vez al día para pasear al perro estén solas y, por tanto, parezcan seguras. Otra manera en que Caracas y México se invierten en este cuento bizarro que escribimos los inmigrantes cada día.

La cuarentena también ha hecho que, de pronto, se esfume esa noción que tenía de mi ciudad como un sitio abandonado por (casi) todas mis amistades, de soledad progresiva. La pienso ahora y la reconozco como un depósito de afectos. La preocupación que genera una pandemia arrasando en un país tan precario (¿precarizado es una palabra? ¿Qué término expresa haber caído en la precariedad, no por accidente, sino por voluntad de alguien?) te obliga a listar a la gente querida, a desenterrar amistades olvidadas, a angustiarte por aquellos a quienes durante años no tuviste motivos para recordar. La posibilidad abrumadora de que los que creías bien ya no lo estén.

Así México se me dibuja como el lugar donde la hiperpoblación y la soledad se intersectan rabiosamente. Aquí, no hay amigos que rescatar de abajo de las piedras. Todos están muy bien ubicados, mientras menos son, más importantes. Me digo que no hay manera de tener muchos afectos cerca siendo extranjera, trabajando desde casa, y sufriendo de timidez paralizante. Aunque mi isla de tres —los dos humanos y el animalito que hacemos familia— me bastan, me proveen de toda la armonía, afecto y alegría que necesito, precisamente hay algo en esa suficiencia que, de a ratos, me aterra. Sí, agradezco, pero también temo mi propia capacidad de vivir cómodamente en confinamiento, que más allá de las angustias inherentes al futuro, al dinero, a la salud, la soledad no es un problema en absoluto y es, a la vez, el problema más importante.

Enumero mi puñado de afectos cercanos geográficamente —estratégicos, quisiera decir—, me aferro a ellos para recordarme que, fuera de la familia de mi isla, tengo comunidad, o algo parecido. Pequeña, rota, pero comunidad en fin. ¿Lo es? Sí, lo es, me repito, para no extrañar (tanto) Caracas. Ubico mentalmente sus casas en la copia de Google Maps que se ha vuelto Ciudad de México en mi cabeza, el croquis de las docenas de calles que conozco y las centenas que quedaron pendientes de conocer, que venían empaquetadas en resoluciones de año nuevo, en rutas imaginadas para caminatas kilométricas, en el entusiasmo de adoptar, una vez más, una pertenencia urbana. Me despedí de la ciudad en la que todavía vivo. Hasta luego. Ya nos conoceremos en otro momento.

Photo on top by Andrea Leopardi on Unsplash

Publicado por Lorena González Di Totto

Escribo cosas. Nací en Caracas y vivo en Ciudad de México. No escribo bios en tercera persona.

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