Escribir la nostalgia

Como todas las personas tenemos así sea una mínima capacidad de autoanalizarnos, no se me escapa el hecho de que muchas de las cosas que he escrito últimamente, especialmente desde que regresé de Caracas en febrero, tienen una carga pesada de nostalgia. Evidentemente, con el viaje, la familia, mi casa, casarme, las calles, la playa, regresé cargada de memorias, la piel todavía eléctrica tras dos meses que fueron todo menos representativos del calvario que es realmente mi ciudad. El extrañamiento de ser visitante en el propio hogar.

La nostalgia siempre me ha parecido un sentimiento apropiado para escribir porque no es tan absoluto y hasta básico como la tristeza, sin embargo, de alguna manera lo presiento incluso más común. Siendo parte de la denominada diáspora, o solo por pertenecer a un país destruido, muchas de las conversaciones que sostengo con coetáneos decantan naturalmente en lo que extrañamos, lo que nos hace falta, los tiempos en que estábamos todos juntos o podíamos hacer esto o lo otro. Lo que sabemos que ya no volverá a ser.

La nostalgia es como un sentimiento que no termina de formarse o que, por estar anclado al pasado, a otra cosa, otra identidad, otro lugar, otro tiempo, todos inaccesibles, no termina de tener un espacio propio y, sin embargo, podemos vivir sumergidos en ella, llevarla con nosotros todo el tiempo.

No tiene un color, una forma. No se ve como una lágrima. Por alguna razón, si me obligo a aterrizarla, pienso en una ventana por la que entra la brisa y mueve las cortinas. Pero creo que solo se trata de una imagen recurrente cinematográficamente. La nostalgia es lila, acabo de decidir. Y es una figura imposible, un triángulo de Penrose, una litografía de Escher. La realidad distorsionada, filtrada en el tamiz de la emoción.

Quizá se trata de que la nostalgia no tiene solución. No es un problema como tal. Va y viene, pero es difícil de reparar. Me refiero a la nostalgia verdadera, no al simple extrañar, tener homesickness, una de las más hermosas palabras del inglés en mi opinión. La nostalgia trae el deseo de volver, acompañado de la impotencia de saber que no se puede. No hay balde de helado o botella de ron que cure la nostalgia. Puede que la diluya, la pase a un segundo plano, la haga olvidar, pero queda ahí, dormida, como un virus, incurable y latente.

Publicado por Lorena González Di Totto

Escribo cosas. Nací en Caracas y vivo en Ciudad de México. No escribo bios en tercera persona.

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