*the west is merely abroad

Llevo semanas intentando darle forma a una sinopsis para una película que, en realidad, tengo AÑOS tratando de escribir. Cuando digo AÑOS (así, exagerado), significa: desde 2010. La futura peli (amén) está inspirada en una anécdota que escuché en una cena en casa de alguien desconocido. Estaba yéndome a España a estudiar Cine y, como parte de mi enorme manojo de privilegios, hice escala en Nueva York por tres días para visitar a un amigo. Este amigo me llevó a una cena con sus amigos, de quienes no recuerdo un solo nombre o rostro, pero alguno de ellos me regaló la anécdota sobre la cual aún hoy, diez años después, quiero escribir.

Pero eso no es de lo que quiero hablar. O sí.

Reescribir esta sinopsis ha requerido una cantidad importante de gimnasia mental de mi parte, y cierta dosis de investigación. En medio de mis indagaciones, me enteré de la existencia de una película de Aubrey Plaza llamada Ingrid Goes West (está en Netflix), y caí en una entrevista al autor en la que explicaba la elección del título: Ingrid se va al oeste, o algo así. En Estados Unidos, se refiere a irse hacia la costa oeste, que es, literalmente, la decisión que toma la protagonista de la película.

De la entrevista me quedé con esta frase:

For me, California and LA have always been where you go to realize your dreams and be the version of yourself you’ve always wanted to be.

Para mí, California y Los Angeles siempre han sido adonde vas a cumplir tus sueños y ser la versión de ti mismo que siempre has querido ser.

Matt Spicer en entrevista con The Verge

No entendí qué fue lo que me maravilló de esta descripción, si la idea de que exista un lugar específico para ir a realizarse personal y profesionalmente, o el tener el presentimiento de que la totalidad del territorio extranjero constituye ese lugar para los venezolanos.

Sé, por supuesto, que hay una enorme e incluso mayoritaria parte del país que vive y lucha todos los días, dentro. Pero sé también, por mí y por cientos de conversaciones con contemporáneos que versaban sobre lo mismo, que para muchos la vida en Venezuela representa una permanente transición, un tránsito inmóvil hacia otra cosa, otro destino. Que las metas y los sueños han de esperar otro suelo. Y que no necesariamente hay que ir a alguna gran capital: muchas veces basta con llegar a algún sitio apenas más estable, apenas más próspero para sentir que los sueños se nos dan, que cumplir metas es algo que también nos pasa a nosotros.

Creo, también, que provenir de Venezuela puede bajar el calibre de los sueños. No te vuelves menos ambicioso, quizá sí más agradecido. En sueño se convierte caminar un poco más seguros en la calle. Tener un sueldo que cubra un alquiler. Y aquellas grandes aspiraciones profesionales se convierten en el sueño por encima del sueño, en el macro-sueño que solo tendrá lugar cuando se cumplan los micro-sueños, aquellas cosas que a nadie en Estados Unidos se le ocurriría que pudieran ser aspiraciones vitales, en las que ni se piensa, que son parte de la vida como la lluvia y el sol.

Pienso en Caracas, en la maltrecha Maracaibo. Centros urbanos que hace un par de décadas pudieron ser “el oeste” de Venezuela, el lugar al que se iba uno joven a estudiar, a enterarse de cómo era el mundo de verdad, a forjarse el futuro en un salón de clase universitario.

Este mes se cumplen diez años de mi primera emigración, aquella de la escala en Nueva York. Efectivamente, me fui con la idea de que, por fin, mi vida, yo, mi camino se parecerían más a aquella idea que me había hecho en la cabeza. Me llevé expectativas, deseos y deberes sin diferenciarlos. Solo años después entendí, con ayuda, lo radicalmente distintos que pueden ser. Aún hoy me cuesta.

Pero en ese momento Barcelona era mi LA, “mi oeste”. Un lugar foráneo que me hizo sentir completamente segura para ser y hacer todo lo que quería. Que me dio todo lo que sentía que mi país no me podía dar, y necesitaba en ese momento. De donde saqué mucho, bueno y malo, de lo que me constituye hoy.

Quizá no me convertí exactamente en quien quise ser. Pero me fui convirtiendo en alguien que me enorgullece más de lo que me avergüenza, que ya es mucho decir, pienso. Además, la persona que hace diez años quería ser, hoy ya no me interesa. En el extranjero no se cumplieron todos mis sueños, pero también muchos de mis sueños cambiaron.

Siempre me obligo a considerar plausibles todas las posibilidades, entre ellas que, de haberme quedado en Venezuela, sería hoy exactamente la misma persona. Que hubiera podido encontrar mi oeste en Caracas, como lo hace tanta gente que hace malabares con las circunstancias y cumple allí sus sueños cada día. Quizá. Siendo honesta, también he cumplido sueños importantes en Caracas.

Publicado por Lorena González Di Totto

Escribo cosas. Nací en Caracas y vivo en Ciudad de México. No escribo bios en tercera persona.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: