My Octopus Teacher y el dolor de cabeza

My Octopus Teacher es un documental estrenado en septiembre de 2020 a través de Netflix. Aclamado y polemizado, sigue las “aventuras” de un cineasta llamado Craig Foster durante casi un año de visitas diarias a un bosque de algas en Suráfrica. Allí, forma una inverosímil amistad con un pulpo hembra común.

El proceso de ganar su confianza y, paulatinamente, darse cuenta de la suprema inteligencia y capacidad de empatizar del molusco, se convierte en una obsesión. A la vez, le va regresando su capacidad de relacionarse con el mundo y las personas que lo rodean, especialmente su hijo. Es como si, en el hecho de maravillarse por la inesperada presencia de lo divino en la naturaleza, hubiera encontrado su capacidad de maravillarse por ser humano, por estar vivo.

Es una preciosidad de pieza audiovisual.

Y una que no creo poder ver de nuevo. Por lo menos en mucho tiempo.

En algún momento aparece, casi como una advertencia, el dato de que los pulpos comunes viven aproximadamente un año. El espectador entiende, sin más explicación, que el filme será una cuenta regresiva, y que lo más probable es que la narración incluya la partida del pulpo.

El cine es magia. ¿Cómo puede importarnos la muerte de un molusco, ocurrida hace una década, en otro continente?

Nos importa.

Hasta allí, es casi obvio.

Lo que quizá no esperaba era que ese recorrido final quedara registrado en cámara, y que fuese presentado con toda la crudeza.

Es, por supuesto, diferente a las miles de depredaciones que hemos visto en Discovery Channel o Animal Planet. Esta pulpo ya es una de los nuestros. Y ver su cuerpo apagarse de a poco, ser consumido lentamente —apenas, pero aún vivo— por otros peces, y finalmente ser arrastrado en las fauces de un tiburón…

Para mí fue poco menos que demasiado.

Lloré largamente tras terminar el documental. Y me reventó un dolor del cabeza que se mantuvo el resto del día y con el que terminé yéndome a la cama.

Aún al revivir aquellas escenas en mi mente, siento las sienes palpitar.

Hay algo que se mete bajo la piel en la crudeza de esas imágenes, la visión tan certera de lo que ocurre con nuestros cuerpos, con nosotros, después de la muerte. No será la depredación por parte de un animal circunstancialmente más apto, pero sí la depredación por parte de la naturaleza toda, que es el elemento supremo de la cadena alimenticia.

En algún momento entendí a qué se debía el dolor de cabeza. Que al llorar al pulpo, por alguna razón inexplicable, también estaba llorando las muertes de mi vida. Que no han sido tantas, pero han sido de las que sacuden la vida, aniquilan cualquier rastro de infancia, hasta cambian la personalidad.

El dolor de cabeza era una resistencia. Quizá, precisamente, a asumir que no estaba llorando solo al pulpo. Quizá resistencia a culminar el último paso de mi devenir ateísta: la aceptación de que la naturaleza sigue su camino y los despojos, lo verdaderamente único que queda de nosotros, también termina por desaparecer en las fauces del olvido.

El dolor de cabeza era la resistencia de un dique que, diez años después —lo del pulpo y lo de mi papá pasaron durante la misma época— sigue sosteniendo aquella marea indómita que, si sale, se va a llevar todo a su paso.

¿Y no ha sido así de cualquier manera? Cuando todos los esfuerzos de una persona están puestos, no en vivir, no en crear, no en existir, no en encontrar la felicidad, sino en levantar más alto y reforzar el dique, ¿no se podría decir que aquello igualmente ha arrasado una vida con su fuerza destructora?

¿Qué más hay que resistir? ¿No sería mejor dejar que la marea se lleve todo y así tener, por lo menos, una esperanza de que pase, una oportunidad de reconstruir?

Quizá me resisto a la idea de que, diez años después, mi papá ya sea solo una acumulación de huesos bajo tierra y de recuerdos en mi memoria. Que cuando yo muera y lo mismo me suceda a mí, él morirá de nuevo y con cada despedida de alguien que lo conoció y lo quiso, sobrevenga una nueva muerte.

Un suceso interesante —aunque definitivamente frustrante para el espectador de My Octopus Teacher— es que, en situaciones donde el pulpo está claramente amenazado de muerte, Craig no interviene.

No es que no tenga la tentación, el impulso. Solo la conciencia innata de que ese no es su papel en este cuento, ni es su lugar en el gran esquema de las cosas. Que la naturaleza es la jefa, es la dueña de la historia.

Y en la película, hecha también diez años después del suceso, Craig todavía extraña y llora al pulpo. Pero se trata solo del final.

La película no va de eso sino de la convivencia maravillosa entre dos seres muy distintos, de la aparición del amor y la empatía en el lugar más inesperado. De todo lo que aprendió sobre la naturaleza y sobre él mismo a partir de esta inédita relación, y cómo fue artífice en su salvación.

Nosotros no éramos un pulpo y un humano. Éramos padre e hija. ¿Cómo no lo voy a extrañar cada momento mientras todavía me lata el corazón?

Publicado por Lorena González Di Totto

Escribo cosas. Nací en Caracas y vivo en Ciudad de México. No escribo bios en tercera persona.

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